Hay veces que mi mente se satura y se genera el caos más explosivo y destructivo jamás visto.
Esto pasa cuando mi mente no logra administrar correctamente toda la información que llega de manera constante por mil vias lácteas diferentes. No entiendo porque es tan díficil de aceptar una derrota. No comprendo porque cuando entro en este estado, odio a todo el mundo. La bondad se difumina como un vago recuerdo de una antigua gloria. Nada es real y todo es una amenaza. Siento que todo me ataca, me agrede, intenta entrar en mi Santuario Sagrado para destruir todo aquello que más quiero.
Entonces mi Guardián, el Fénix, que puede mirar directamente dentro de mi oscura alma, me observa y entra en pánico. La rabia me consume, me ciega, todo es mentira y todos son mis enemigos...
En ese momento mi guardián se une a mi, como mecanismo de defensa. Porque esta vez no hay balas que parar, no hay heridas que curar. Esta vez sólo existe el odio, la rabia, agonia, ansiedad...
Entro en un estado semi-inconsciente en el que mi guardián asume el mando y quema a todo lo que nos rodea, carbonizando todo aquello que se acerca. No valen intenciones, no valen buenos deseos. Todo arde y sólo quedan ascuas.
Cuando vuelvo, miro a mi alrededor, destruido por mi propio odio y el fuego de mi Guardian. Lo siento, de pie, a mi lado, mirando como fiel vigilante por si queda alguna amenaza. Me dedica una mirada arrepentida y se va volando majestuoso.
No quedan canciones que cantar, no hoy. Todo lo que puedo hacer es sentarme, observar y esperar que vuelva a acogerme bajos sus alas para recobrar toda mi fuerza.


¿Por qué ira? ¿Por qué enfrentamos el instinto a la razón en lugar de dejar que convivan en armonía? Somos contradicción, una parte nos dice hazlo, otra parte nos dice no. Sabemos cuál es el camino, pero en vez de seguirlo, nos salimos; para luego quejarnos por habernos perdido. Inventamos escusas que convertimos en motivos. Confundimos lo que debimos hacer con lo que realmente hicimos y vivimos. Vivimos, deseando siempre algo que no tenemos y lo perseguimos; no hay uno solo de nosotros que diga que ha conseguido todo lo que un día quiso, porque no se puede, pero aunque no se pueda, insistimos. Y ese buscar "lo imposible" es nuestra bendición y nuestro castigo. Somos dueños de un montón de sueños. La decepción es el precio cuando se intenta agarrar el cielo, para ver que se te escurre entre los dedos. Y somos eso, el deseo de ser como nos gustaría, sin poder llegar a serlo. Nuestra razón comprende límite, pero nuestro instinto se niega a verlo. Somos eso: seres imperfectos que sueñan con ser perfectos, y se recriminan a sí mismo sus defectos; que aplauden las grandes gestas, en vez de los pequeños gestos.
ResponderEliminar-Chojin & Macarena Berlín- Luna